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¿Nostalgia de los Kennedy? Guárdanos un secreto


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27 Noviembre 2013 
¿Nostalgia de los Kennedy? Guárdanos un secreto
Estos últimos días se han escrito ríos de tinta con motivo del 50 aniversario de la muerte de JFK. Periódicos, suplementos, dominicales han repasado hasta la última coma de la biografía del mítico presidente norteamericano. ¿Hasta la última coma? Bueno, no exactamente. Lo que aún falta por desvelar vas a encontrarlo en este post. Pero, chsssss, no lo cuentes por ahí porque es un secreto. Un secreto muy preciado para quienes lo conocen y codiciado por quienes lo ignoran. Ese que hacía al marido de Jacqueline tan irresistiblemente atractivo (y a su hermano aún más).
 
Porque, además de guapo, seductor, poderoso y todo eso que hemos leído estos días pasados, JFK (y su hermano) tenía algo que nos encanta a nosotras: olía endiabladamente bien. La historia hay que situarla en la Riviera Francesa, dónde si no. Allí, Johh, que era entonces solo un joven estudiante americano realizando un tour por Europa en su descapotable, conoce a Albert Fouquet, hijo de un aristócrata parisino, tan ocioso y tan rico que, cuando no estaba de vacaciones, se pasaba las tardes en su castillo familiar creando perfumes para su uso personal. Eso sí, ayudado por su mayordomo, Philippe, suponemos que para no fatigarse demasiado.
 
A cada evento social, el tal Fouquet estrenaba perfume, como la que estrena un vestido de Zara cuando va a una boda. Y según ha llegado hasta hoy, con tal éxito que la peña –peña noble y con pasta, pero peña al fin y al cabo- se quedaba boquiabierta, dicho sea metafóricamente porque en ese ambiente mostrar las encías no se consideraba un gesto de gusto. Su fama llegó a tal, que el rico noble francés recibía al parecer reiteradas propuestas para comercializar su fragancia, que él educadamente rechazaba, suponemos que porque ya era rico para aburrirse, y sobre todo porque eso de reconocer en la piel de otro su propio perfume le tenía que  parecer una perfecta ordinariez.
 
Claro que todo cambió cuando Albert y John se conocieron, un verano de 1937, en la inevitable costa azul francesa, y se quedaron prendados el uno del otro. John, de la colonia de Albert. Y Albert, de la personalidad de John. De modo que Albert, que había dado calabazas a todos los que quisieron su fragancia, no le supo decir que no a John (a JFK nadie le decía que no, por lo visto, ni siquiera los tíos), y le dejó en su hotel una muestra de su fragancia con la siguiente nota: “En este frasco encontrarás la esencia del glamour francés que le falta a tu personalidad americana”. Lo cual, un americano al uso se lo hubiera tomado muy mal, pero al marido de Jacqueline le encantó eso de que un europeo lo llamara palurdo de forma educada.
 
De modo que al regreso de las vacaciones, Albert recibió una carta de John desde los EEUU informándole del gran éxito que su perfume estaba teniendo entre sus amigos (y por consiguiente, y leyendo entre líneas, entre las amigas de sus amigos). Y como JFK no se cortaba un pelo a la hora de pedir, le pidió a Albert que le enviase ocho muestras, “y si su producción lo permitía”, otra para Bob, su hermanito pequeño. Y Albert, que ya dijimos se quedó prendado de (la personalidad) de John, accedió a sus deseos, enviándole los frascos solicitados, no sin antes poner a buscar al bueno de Philippe por todo París un continente que estuviera a la altura del contenido. Cuando por fin encontró en una farmacia parisina los frascos de cristal que tenía en la cabeza, los etiquetó ingeniosamente con la petición de su amigo: “Eight&Bob”.
¿Nostalgia de los Kennedy? Guárdanos un secreto
Al cabo de unos meses, Albert empezó a recibir cartas de directores de Hollywood, productores y actores pidiéndole su perfume. Hasta Cary Grant y James Stewart se rindieron a fragancia. Pero en la primavera de 1939, Albert murió en un accidente de tráfico cerca de Biarritz (Francia) –lógicamente no iba a morir en ningún sitio ordinario-, y Philippe, el fiel mayordomo, el único que podía tramitar los pedidos, solo pudo continuar con este trabajo unos pocos meses más, ya que el inicio de la II Guerra Mundial le forzó a dejar su trabajo con la familia Fouquet. En los últimos envíos que realizó. Philippe escondió los frascos dentro de libros cuidadosamente cortados a mano para prevenir que los nazis lo encontraran. Listo que era el tipo. 
 
Décadas posteriores, y precisamente gracias a la familia del mayordomo fiel, la fórmula de “Eight & Bob” fue completamente recuperada, el perfume empezó a venderse metido en un libro (en homenaje a la genialidad del mayordomo Philippe) y, cchhssssssss, por fin la tienes en Sevilla para que se le regales a ese chico al que, como JFK, no le vendría mal un poco de esencia del glamour francés para su personalidad (en este caso española). 
 
Pero no, no y no. Ni se te ocurra contárselo a nadie, porque ya te hemos dicho que esto es un secreto, y además no te creas que la producción de este perfume es masiva. Todo lo contrario, el secreto del perfume reside en una planta salvaje de Chile, a la que Albert dio el nombre de Andrea. Plantas que, debido a la altitud y al exiguo territorio donde crecen, sólo pueden ser recogidas durante los meses de diciembre y enero y se someten además a un precioso y muy estricto proceso de selección que descarta el 93% de la producción. Todo este proceso finaliza entre marzo y abril y es únicamente entonces cuando se sabe cuántas unidades de “Eight & Bob” pueden enfrascarse y cuántas llegan a nuestro país. Por eso, hay tan pocos establecimientos en España que la sirvan. Y en Sevilla, solo Dermochic!. Esperamos que nos guardes el secreto.